¿Qué dice el informe “La hora de la escuela”?

 

¿Qué dice el informe “La hora de la escuela”?

 

11. La organización de los centros

“La concentración horaria no sólo prometía ser buena para el aprendizaje de los alumnos, sino también para el trabajo de los profesores. Ante todo, por dos motivos: primero, facilitaría la coordinación, al reunir en las cinco horas de la mañana toda la docencia y liberar unitariamente el bloque horario restante, para todo y para todos; segundo, al dejar las tardes libres de docencia permitiría al profesorado acudir más y en mejores condiciones a las actividades de formación y perfeccionamiento. Ni que decirse tiene que ambas cosas parecen especialmente importantes en un proceso de reforma en el que, por un lado, los profesores han de actualizar sus conocimientos a marchas forzadas y, por otro, se les pide que trabajen en equipo, de forma más cooperativa, a escala de ciclo, de etapa y de centro. Aunque no siempre, en algunos casos se añadía una tercera ventaja: teniendo las tardes libres de actividades docentes, los tutores podrían recibir más tranquilamente en esas horas (este argumento ha menudeado, por ejemplo, en Alcalá de Henares). El panorama, sin embargo, ha resultado distinto del esperado.” (p.87)

“La coordinación del profesorado no ha mejorado. Aunque los profesores responden a las encuestas que sí lo ha hecho —como todo, casi hasta el tiempo atmosférico y las cosechas agrarias— con la jornada continua, las entrevistas en profundidad revelan sistemáticamente que no ha sido así, por varios motivos. Uno es, sencillamente, que ese tipo de coordinación forzada tiende a no funcionar en un contexto tan informal y, hasta cierto punto, anárquico —aunque no para los alumnos— como es el de la escuela. No es una novedad que, cuando se concede más tiempo libre de docencia al profesorado, éste se destina antes a la preparación personal del trabajo y al relajamiento que al trabajo cooperativo.30 Aunque los programas informáticos permitan ya hacer filigranas para reunir a los ejecutivos introuvables de las grandes organizaciones, el profesorado no está acostumbrado a ese ritmo. Las reuniones así programadas, entonces, se convierten en buena medida en formalidades. A ello se añade que, situadas generalmente en la sexta hora del día, que es la opción más comúnmente adoptada para cubrir la exclusiva en los centros de jornada concentrada, encuentran ya al profesorado, con toda razón, agotado.” (p.87-88)

“En contrapartida, la concentración horaria obliga a todos a ir más deprisa y hace desaparecer una serie de huecos que antes permitían la coordinación informal, particularmente en las horas del mediodía. De hecho, el trabajo docente, en gran medida artesanal y dado a la improvisación, probablemente requiere más esta coordinación ad hoc que la fría programación propia, más bien, del trabajo industrial sobre las cosas. Otros centros eligen concentrar la exclusiva en una o dos tardes, lo cual mitiga las prisas inmediatas pero, a la vez, concentra demasiadas tareas en un solo bloque horario. De cualquier manera, estas tardes tienden a asumirse por turnos y, en última instancia, a ser sustituidas por una sexta (o primera) hora de mañana. Pero lo más grave es que la hora de dedicación exclusiva está, claramente, en peligro. Una vez que queda situada a primera o a última hora de la mañana, nada más sencillo que recortarla un poquito hoy y otro poquito mañana por cualquier causa de fuerza mayor. En Toledo, donde numerosos centros la han colocado de 8:00 a 9:00, antes de las clases, es vox populi que se cumple de manera muy deficiente.” (p. 88)

“En cuanto a la formación, es posible que quienes acuden a ella lo hagan en mejores condiciones, pero ni siquiera es seguro. En todo caso, no ha aumentado la asistencia por el cambio de jornada, como constatan diversos responsables de su organización. Los flujos de asistencia no dependen de eso, sino, ante todo, de su asociación a requisitos y oportunidades de la carrera docente, como los sexenios. Si los cursos fueran normalmente en el antiguo horario docente vespertino, los profesores podrían haber asistido en mejores condiciones, pero no es el caso. De momento, al menos, las actividades de perfeccionamiento se mantienen típicamente en el mismo horario (generalmente no antes de las 17:00 o 18:00, según la sede y el público), para que puedan acudir los docentes con horario partido, de manera que los de horario continuado pueden considerarlo una mejora, porque llegan más descansados y sin prisas, o un engorro, porque tienen en medio un tiempo muerto o ya han desconectado.” (p.88-89)

“Se puede recordar como curiosidad que, cuando la semana escolar era de seis días, incluidos los sábados, las escuelas cerraban las tardes del jueves y del sábado para que los maestro pudiesen ir a diversas actividades de formación (luego cerraron las mañanas de los sábados para que pudieran organizar actividades complementarias con los alumnos). Después se conservó el cierre, pero no el motivo (ni uno ni otro).” (p.89)

“Finalmente, tampoco las tutorías han mejorado con el cambio de jornada. Lógicamente, no importa cuáles sean las ofertas persuasoras o las buenas intenciones iniciales (de buenas intenciones está empedrado, ya se sabe, el camino del infierno), la presión hacia la concentración de toda la actividad laboral en la mañana arrastra sin dificultad a las tutorías, que desaparecen progresivamente de las tardes si alguna vez han llegado a estar en ellas.” (p.89)

 

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