¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

 

10. La vida familiar

“Lo que sin duda ha mejorado la jornada continua es las rutinas y, probablemente, la calidad de la vida familiar aquellas familias en las que uno o dos adultos hacen la comida del mediodía en casa. El horario de la jornada partida resulta disfuncional en relación con cualquier horario de trabajo adulto y con el horario lectivo de los hermanos mayores. Con la jornada continua, los hijos pueden realizar el almuerzo de mediodía con sus padres y hermanos sin tener que esperar largamente primero y apresurarse después, o pueden comer tranquilamente sin necesidad de hacerlo solos. Por lo demás, huelga añadir que libera de dos viajes diarios a los niños y, en su caso, a los padres o a las otras personas encargadas de acompañarlos (a veces los abuelos, que pueden no estar ya para muchos trotes). Para los niños no había nada de malo en ese paseo si residían a una distancia moderada del colegio —como la inmensa mayoría lo hacen—, pero, para los adultos representaba una tarea más, alternativa a otras actividades…” (p.90-91)

“… Ahora bien, esta mejora de la vida familiar se da si, y solo si, existen las condiciones previas, es decir, si hay una familia esperando. Cuando los padres trabajan y llegan más tarde a casa, la reforma de la jornada produce más niños con llave, que vuelven a un hogar vacío, posiblemente a atiborrarse de televisión o a abandonarlo enseguida por la calle. Por mucho que salga la misma suma de horas, como insisten en recordar los defensores incondicionales de la jornada continua (a algunos, hacedores de milagros, les salen más), salen las cuentas, pero no los mismos resultados, por que los niños no suman horas, sino actividades. En primer lugar, la misma agrupación de las horas libres que ofrece nuevas posibilidades si se utilizan bien (bajo la guía parental o escolar) ofrece nuevos riesgos si son mal utilizadas. En segundo lugar, se quiera o no, los comedores y las actividades extraescolares tienden a caer, pues, al fin y al cabo, el cambio de jornada responde entre otras cosas, a eso, al deseo de sacar a los niños del comedor y tener otras posibilidades de uso de la tarde; y, al hacerlo, los comedores llegan a situar en el límite de la viabilidad económica y, en muchos casos, desaparecen, mientras que las actividades extraescolares realizadas en el centro van perdiendo público y calidad. Dentro de esto cabe, por supuesto, toda la casuística imaginable y, entre ella, que mejoren los comedores antes saturados o que se produzca un periodo glorioso —aunque breve— de las actividades extraescolares al calor del movimiento por el cambio de jornada, pero, a la larga, el resultado es su crisis más o menos pronunciada. Entonces, los niños corren el riesgo de no tener sencillamente a dónde ir.” (p.91-92)

“En los ambientes más desfavorecidos, los alumnos pueden registrar también un notable cansancio —en realidad quieren decir aburrimiento, o dificultad para el desarrollo continuado de una actividad escolar que no termina de atraerlos— por las mañanas y, a la vez, quejarse de aburrimiento en las largas tardes libres. Otro problema añadido puede darse en la alimentación, también de modo especial en los entornos familiares y sociales de menor nivel cultural: el consumo creciente de bollería industrial. Este problema no lo crean directamente ni la escuela ni la jornada continua, pero ésta tampoco ayuda a solucionarlo e incluso la agudiza, pues, en ausencia de conocimientos suficientes, las prisas matutinas y la necesidad de que los niños ingieran algo en el colegio tiene solución fácil en proporcionarles dinero para bollos, mientras que, en el otro extremo, la defección y la desaparición de los comedores elimina un comida que, como mínimo, está obligada a ser dietéticamente correcta -y que, para alguna minoría, puede que sea la más correcta-“ (p.92)

“Con la jornada continua, en fin, los alumnos entran típicamente más pronto (media hora antes), por lo cual deben acostarse antes y pierden así el correspondiente tiempo de convivencia familiar —bastante más seguro, por cierto, que el del mediodía—. Pero es muy probable que no lo hagan, debido a los hábitos ya adquiridos y al consumo televisivo, con lo cual pierden horas de sueño a una edad en que lo necesitan y para una actividad en la que se puede echar de menos.” (p.93)

 

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