¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

 

13. Los sindicatos de profesores

“Ningún sindicato ha dicho no al caramelo de la jornada continua, pero la han defendido con entusiasmo muy variable y con condiciones muy distintas. La gran divisoria de aguas ha sido y es la que separa a los sindicatos corporativos, cualquiera que sea su talante en otros aspectos —tales como ANPE y los STEs— de los sindicatos de clase —como CCOO y UGT—. Los primeros han desarrollado una defensa sin ambages ni cortapisas de la jornada continua, a la que han presentado como fuente de todos los bienes imaginables para todos los sectores implicados. Hay que distinguir, ciertamente, la adhesión sin condiciones de ANPE, caiga quien caiga, que podría resumirse en el viejo dicho: después de mí, el diluvio, consistente en la proclamación gratuita y sin fundamento de toda suerte de promesas de mejora y la total disposición a ignorar cualquier problema, del discurso algo más matizado, sofisticado y de tinte progresista de los STEs, más preocupado por asociar la concentración horaria a contrapartidas —a cargo de la Administración y, por tanto, del erario público, no de los profesores, de manera que más bien se trataría de simples compensaciones, de que a todos les cayera algo en la piñata— en relación con las actividades extraescolares y a proyectos de innovación pedagógica, perfeccionamiento del profesorado, etc. Sin embargo, la experiencia es dura de roer, y la evidencia de que en Canarias, donde el STEC jugó el papel principal primero en la oposición y después en el gobierno, no se han materializado las mejores expectativas y lo van haciendo las peores, ha llevado a este sindicato a modificar su discurso en una dirección más prosaica: la concentración horaria es buena sin duda para los profesores, no se ha demostrado que sea mala para los alumnos dentro de la escuela y no hay motivo alguno por el que aquéllos deban verse condicionados por los problemas que tienen su causa y su escenario fuera de ésta (por ejemplo, las tardes dedicadas a la calle o a la televisión o la falta de recursos para actividades extraescolares). ANPE, por su parte, no ha sentido necesidad alguna de cambiar su discurso, ya que es puramente instrumental y ajeno a cualquier cosa que suceda fuera de la escuela y que afecte a alguien que no sea el cuerpo”. (p.52-53)

“Los sindicatos de clase han estado en otra situación, ambigua hasta donde les ha resultado factible y contradictoria cuando ha dejado de ser así. Integrados en organizaciones confederales cuyas otras federaciones albergan masivamente a los padres de los alumnos, no podían sencillamente creer que todo iba a ser estupendo y, menos aún, convencer de ello con facilidad a los demás. Sin embargo, al mismo tiempo les resultaba y les resulta harto difícil resistirse o sustraerse a la fuerte marejada a favor de la jornada intensiva, tanto de manera regular y cotidiana ante los claustros como, de modo muy especial, cuando se aproximan las elecciones sindicales. El resultado ha sido una defensa genérica de la jornada continuada en combinación con todo un conjunto de advertencias y cautelas sobre sus posibles consecuencias, por un lado, para la escuela pública -una eventual fuga de familias a la privada y las consiguientes supresiones de plazas-, y, por otro, para los sectores sociales más desfavorecidos -la desatención a los niños de familias sin recursos suficientes para acceder a la oferta privada o semiprivada de actividades extraescolares-“ (p.53)

“Por otra parte, los sindicatos se han dividido entre sí a la hora de determinar quién ha de tener la capacidad de decidir sobre el tipo de jornada. Los sindicatos corporativos optan por la autonomía de los centros, ya que después de todo es su autonomía, pues dominan por simple número los consejos y ya han comprobado que no tienen grandes dificultades en arrastrar a los padres, al menos si las normas sobre quórum y mayoría cualificada no son demasiado exigentes. Los sindicatos de clase, en cambio, se retraen más ante la posibilidad de enfrentamientos con los padres y temen más por el futuro de la escuela pública de titularidad estatal, especialmente si la concertada mantiene la jornada partida y una sólida oferta de actividades extraescolares in situ y se beneficia de la fuga o, al menos, el goteo que pudiera producir la concentración horaria. Por eso prefieren fórmulas comunes, para todos los centros, o al menos para todos los centros de una zona, sean de titularidad pública o privada. Los sindicatos de fuerte implantación en la enseñanza privada, como FSIE, que no han sido nada beligerantes en lo que concierne al tipo de jornada, sí lo son en cuanto a quién debe decidirla, alineándose con la patronal privada y, por tanto, de paso, con los corporativos.” (p.54-55)

 

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