¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

  

14. Padres, asociaciones y federaciones

“El movimiento asociativo de los padres de alumnos es en este país, por esencia, un movimiento débil, algo en lo que confluyen causas estructurales, inherentes a la relación de los padres con la escuela en cualquier contexto, e históricas, específicas del caso español. Entre las primeras están la relación accidental y pasajera de los padres con la escuela y, sobre todo, entre si, que dificulta su comunicación y su trabajo en común; su posición subordinada, dependiente y deferente hacia el profesorado, que les hace retraerse a la menor indicación de que se están entrometiendo en su esfera profesional; y, sobre todo, la presunta identidad de intereses entre ellos y la dinámica del gorrón. La identidad de intereses desalienta, en principio, la participación, ya que cada uno espera obtener los mismos beneficios colectivos que los demás pero sin participar en los costes; es decir, se espera que sean otros padres quienes asistan a los consejos escolares y las múltiples comisiones, velen por el buen funcionamiento del centro, busquen y aporten recursos, organicen actividades y servicios y así en más, puesto que los beneficios son indivisibles, pero sin perder tiempo en reuniones, ni pagar cuotas, ni correr el riesgo de una fricción con el tutor del niño; se trata, dicho técnicamente, de bienes públicos o semipúblicos que podemos dejar que sean provistos por los demás. Paradójicamente, como esta posición es moralmente insostenible en público —aunque lo sea, y sin problemas, en privado o en confianza—, la contradicción se sublima arrojando la sombra de la duda, y algo más, sobre quienes participan en los asuntos comunes, que lo harían por motivos políticos, por medrar, por no tener nada mejor que hacer… La pregunta, como decía El Gallo, es: ¿Qué quedrán?”  (p.55-56)

“Por otra parte, se ha dicho hasta la saciedad —porque es cierto— que en España no existen ni un tejido ni una tradición asociativa relevantes en el ámbito de la sociedad civil. Los padres no saben bien cuál es su papel en la escuela y nadie se esfuerza por explicárselo, como no sea el profesorado para reducirlos al de intendencia, mano de obra en cosas triviales y carne de cañón ante la Administración. Esto sucede, en buena parte, por dos motivos más específicos, aparte de la genérica debilidad de la sociedad civil: por un lado, porque la participación de los padres en el control y la gestión del sistema escolar es una participación otorgada, sin base propia en formas directas o indirectas de financiación —como, por ejemplo, en los Estados Unidos con los impuestos locales sobre la propiedad— ni en formas arraigadas de poder local —como, por poner un caso, en Inglaterra con su larga tradición de autonomía municipal—; por otro, porque el profesorado ha sabido reservar para sí y excluir sistemáticamente a los padres de las mismas competencias que iba arrancando o usurpando a las administraciones públicas, vaciando de contenido y, por tanto, de interés su participación institucional.” (p.56)

“En estas circunstancias, era más que improbable que el movimiento asociativo pudiera resistir el embate del profesorado en demanda de la jornada única, como efectivamente ha mostrado la experiencia reciente. Si bien las Federaciones de asociaciones se han opuesto normalmente a la jornada, las Asociaciones mismas no lo han hecho con la misma fuerza, los asociados menos y, los no asociados, todavía menos; o, si se prefiere, se puede decir al revés: los padres han dado una acogida relativamente favorable a la intensificación de la jornada, los asociados menos, las asociaciones una veces sí y otras no y las federaciones nunca o casi nunca. Sin embargo, esta comparación atemporal no responde a la realidad, que ha sido un proceso, no una situación fija. La primera respuesta a las pretensiones de los profesores ha venido siempre de las federaciones de padres —porque, generalmente, la propuesta inicial ha sido también una propuesta centralizada, a cargo de uno o más sindicatos— y ha sido invariablemente negativa. Los sindicatos y otras organizaciones del profesorado no han podido hacer cambiar de opinión a las federaciones, pero los directores y los tutores sí han podido influir con tremenda eficacia en la opinión de los padres de a pie, organizados o no. Una manifestación del tutor ante la totalidad o casi de las madres de su grupo sobre la inutilidad de la tarde, incluso dejada caer al paso, que se presume fundada en la experiencia —que nadie va a discutir, pues es sólo suya— y el saber profesional al respecto —que hay que suponerle, aunque sólo sea por la convicción mostrada—, es mucho más eficaz que todos los esfuerzos de los padres que piensan lo contrario ante sus escasos interlocutores y en un asunto en el que ellos mismos se consideran y confiesan legos.” (p.56-57)

“Partiendo de su acceso directo y privilegiado a los padres, los profesores han podido en muchos casos desembarazarse sin dificultad de las asociaciones o las juntas directivas contrarias a sus deseos y favorecer su sustitución por otras más afines. Después de todo, esto no es una novedad de la jornada sino el pan nuestro de cada día allá donde no existe un núcleo asociativo verdaderamente fuerte. Nada más fácil para una dirección o un claustro que hacérselo fácil a unos y difícil a otros. Como reza un viejo y cruel adagio: al amigo, todo; al enemigo, ni agua, y, al indiferente, la legislación vigente. Con juntas o asociaciones más afines, la reivindicación de la concentración horaria ha ido pasando a aparecer, progresivamente, como una iniciativa de los padres, aun cuando en ningún lugar ha sido originalmente tal cosa —pero la memoria es flaca y los orígenes se difuminan en el olvido y pierden también cualquier relevancia, después de todo, excepto para los historiadores, que seguramente nunca se ocuparán de esto—. Al cambiar la composición y el alineamiento de las asociaciones y sus directivas, el conflicto que antes se daba entre padres y representantes, o entre representantes y asociaciones, o entre asociados y juntas directivas, se traslada hacia arriba para convertirse en un conflicto entre las asociaciones y sus federaciones, como sucedió especialmente en Toledo y Alcalá de Henares, cerrándose el primer caso con la separación masiva de la Federación por parte de las asociaciones de la capital y, el segundo, con la escisión de la FAPA madrileña y la formación de una nueva federación en la zona Este de la región.” (p.57-58)

“De hecho, las federaciones sólo han sobrevivido donde han abandonado o puesto sordina a la polémica de fondo y se han centrado en el procedimiento de decisión, y, aun así, con dificultades. Pero, por una paradoja, como las  administraciones, por lo general, han asumido, aunque muy limitadamente, alguna forma de cofinanciación de las actividades extraescolares, a menudo bajo la forma de subvenciones a las asociaciones de padres, tanto éstas como, sobre todo, las federaciones se han visto parcialmente resucitadas por esa vía. A la larga, sin embargo, las asociaciones han seguido suertes muy distintas, entre la pura satelización por las direcciones de los centros y una vida más o menos gris, aunque no sin algunas excepciones brillantes.” (p.58)

 

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