¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

 

9. Las actividades extraescolares

“¿Son importantes las actividades extraescolares? Cinco grandes razones, al menos, parecen militar en su favor. La primera, y la más mentada, es su contribución a un desarrollo personal más competo e integral. Es claro que en ellas encuentran cobijo los aprendizajes y las prácticas, fundamentalmente expresivos, que consideramos, por un lado, necesarios para los niños y jóvenes y, por otro, insuficientemente atendidos por la escuela, tales como los de carácter deportivo y artístico. La segunda, especialmente presente para las familias más conscientes, en cualquier aspecto, de la importancia de la educación, es que en ellas pueden encontrarse otros aprendizajes, más instrumentales, relacionados con la incorporación al mundo del trabajo y, en particular, con la evolución más reciente del mismo. Es el caso de las lenguas extranjeras y la informática, sobre cuya importancia no nos cansamos nadie de perorar pero cuya incorporación a la escuela es también harto deficiente. La tercera, que atraviesa las anteriores, es que sirven, sencillamente, para llenar y desafiar la capacidad y las ganas de aprender de los niños, que la escuela está muy lejos de satisfacer. En este respecto, las actividades extraescolares son potencialmente procesos de enseñanza-aprendizaje orientados, con norte y sentido, alternativos al desorden de la calle o de los medios de comunicación de masas, a la vez que a la rigidez y hasta anquilosamiento de la escuela. La cuarta, igualmente transversal, es que representan un elemento de libertad —un mercado— frente al modelo de raciona miento obligatorio que encarna la escuela, en el que el interés ha de seguir al objetivo en vez de lo contrario. En ellas pueden los escolares hacer valer sus inclinaciones y preferencias, probar y equivocarse, abandonar lo que no les interesa y así sucesivamente. Por último, aunque no por su importancia, el motivo maldito: son una forma de mantener a los niños ocupados, más o menos entretenidos y bajo custodia cuando la escuela los envía a casa demasiado pronto -en relación con las necesidades, las posibilidades o las preferencias de las familias-.” (p.81-82)

“A medida que se generalizan, no cabe duda de que pueden convertirse en la base de las desigualdades educativas de mañana. En el fondo, una vez que el Estado garantiza a todos una enseñanza común, por cierto tiempo y en ciertas condiciones, y que la educación es uno de los mecanismos de competencia por las oportunidades sociales, la cuestión está en hacerse con un plus. La manera más obvia es, desde luego, estudiar más tiempo, pero, a medida que se retrasa el término tanto de la obligatoriedad como de la gratuidad, cobra más y más importancia conseguir otra educación en el mismo tiempo. En gran parte esto es lo que ofrecen la escuela propiamente privada y la mixta concertada, pero las familias pueden optar, por cualesquiera motivos, por hacer sus propias combinaciones, incluyendo en ellas a la escuela pública junto con actividades extraescolares privadas; es como decidir entre comprar todo en un supermercado o en distintas tiendas especializadas: lo segundo es algo más caro y consume más tiempo, pero, por lo general, permite llenar mejor la cesta. Claro que también hay grandes superficies con pequeñas tiendas especializadas —el equivalente de los centros privados con una oferta sofisticada de actividades— y hay quien sólo puede comprar lo esencial en el sitio más barato o gratuito —el equivalente son las familias que no pueden acceder a una oferta solvente de actividades extraescolares—. Así, pues, en un contexto de insuficiencia de la oferta escolar, el acceso a las actividades extraescolares vuelve a poner en peligro la más básica igualdad, pero no debe ocultársenos que aquí nos movemos en un terreno harto resbaladizo, en el que ningún valor puede ser absoluto si no es a costa de otros. En puridad, la única manera de tener una educación estrictamente igualitaria sería prohibir a los alumnos y sus familias acudir a otros centros que los públicos y a otras actividades que las ofertadas en ellos, lo cual entraría claramente en conflicto con la libertad, con el respeto a la diversidad y, sin duda, con la idea común de lo que los padres pueden, quieren y deben hacer por sus hijos.” (p.82-83) 

“De hecho, sin embargo, todas las propuestas de cambio de jornada han venido acompañadas de una promesa de expansión de las actividades extraescolares poniéndolas al alcance de todos. El acuerdo canario llamado “por la calidad de la enseñanza pública”, que puso sordina —ya que no fin— a la guerra por la jornada continua se cerró, precisamente, cuando la Consejería aseguró a las asociaciones de padres subvenciones para las actividades extraescolares. El gobierno andaluz nunca ha dejado de abogar por una “escuela a tiempo completo” (consigna italiana sin mucho significado aquí y con otro significado allá) cuyas tardes estarían centradas en las extraescolares. El gobierno extremeño ha lanzado recientemente a discusión una propuesta de reforma de la jornada en la que se compromete a financiar las actividades extraescolares. Las centrales sindicales de clase exigen que sean las administraciones quienes no solamente financien sino que organicen, al menos en su marco general, tales actividades, sea directamente o a través de una empresa pública participada por todas ellas, por los asociaciones de padres y por los propios sindicatos. Aunque con menos fuerza, en los contextos de Toledo y Alcalá de Henares también se ha planteado la cuestión.” (p.83) 

“Pero lo sucedido ha sido otra cosa. Algunos colegios tienen una buena oferta de actividades extraescolares —generalmente, los que ya la tenían con anterioridad—, pero, en la mayoría de los casos, las superofertas iniciales se han quedado en nada. En Canarias, donde se obligaba a los centros a presentar una oferta amplia, con indicación de la financiación, lugar de realización, responsables, etc., los equipos directivos hacían verdaderos alardes de imaginación para reunir las actividades del APA, del Ayuntamiento, de la parroquia, etc. en una hoja de papel más o menos presentable. Que los profesores cumplieran sus horas de permanencia en el centro fuera del aula sentados en la biblioteca una tarde a la semana, por turnos, servía, por ejemplo, para colocar “Biblioteca” como actividad, si bien es posible que en el primer año, para hacer más meritoria la solicitud, se ofrecieran a organizar otras actividades apasionantes como ajedrez, tenis de mesa o juegos para niños. Luego, la oferta de los colegios vecinos, las actividades deportivas del ayuntamiento, tal vez incluso las de algunas academias privadas próximas. Finalmente, las actividades organizadas por la Asociación de Padres. El problema es que, en cualquier caso, la gran mayoría de los colegios se han ido vaciando por las tardes y la oferta de actividades en ellos se ha ido estrechando en consecuencia.” (p.83-84)

“No hay tanto de lo que extrañarse. Por un lado, la realización de las actividades en los colegios supone algunas ventajas, particularmente que los niños no precisan desplazarse —en jornada continua, si se han quedado al comedor— y, por otro, que a veces son gratuitas o muy baratas. Sin embargo, estas ventajas no están aseguradas, pues si el niño come en casa tiene que volver y, en tal caso, puede que no viva tan cerca o que viva más cerca de otras entidades que ofrecen actividades; por otra parte, algunas actividades pueden no ser más baratas que fuera de la escuela, ya que las asociaciones de padres no están al tanto de los precios de mercado, o porque requieren inversiones específicas que en otros sitios ya están hechas; o pueden ser más baratas pero arrojar una relación calidad-precio sensiblemente inferior. Otras características es dudoso que puedan considerarse ventajas, como permanecer en un recinto conocido y con compañeros también conocidos — y, no digamos, con profesores conocidos—, pues eso puede acercar a cualquiera a un punto de saturación. Pero lo más importante es que pueden presentar y, a menudo, presentan notables desventajas. Primera, la más que probable mezcla de edades y niveles debida al pequeño número de asistentes por actividad; segunda, la inexperiencia de los monitores, a menudo reclutados entre los miembros de la APA, en sus aledaños o entre los restos del mercado; tercera, la posible inadecuación de instalaciones y equipos; cuarta, su dependencia de los avatares de la escuela, tales como vacaciones, fiestas y otros. En general, puede decirse, aunque sin entenderlo como una afirmación absoluta, que el abanico de actividades que ofrecen los centros no es especialmente atractivo: mucho fútbol y actividades más o menos mortecinas de bajo coste. Algunas ofertas parecen especialmente diseñadas para espantar a la clientela, y en verdad que lo consiguen. Sea como sea, y si no lo han hecho ya desde el principio, una vez consolidada la jornada continua — pasado el primer año— el profesorado termina de desentenderse por completo de las extraescolares.” (p.84-85)

“El resultado es que, en primer lugar, una parte de los escolares se queda sin extraescolares. Esto no es necesariamente malo en sí mismo, pues cabe preguntarse qué sentido tiene añadir horas de lengua extranjera cuando no se obtiene un rendimiento suficiente en lengua española, o acudir a informática cuando no se puede con las matemáticas. Podría hacerse una defensa de cualquiera de esas opciones, pero sólo dentro de un proyecto integrado, no como un cúmulo de actividades dispersas. La actividad extraescolar que un sector importante de alumnos necesitaría es precisamente más escuela, es decir, una actividad de refuerzo, y esto, curiosamente, ni siquiera se plantea en el contexto del debate sobre la jornada, a pesar de que el paso a la continua lo facilitaría. Un estudio del Consejo Escolar Canario, por ejemplo, mostró que uno de cada seis alumnos no realiza ninguna actividad extraescolar. La proporción puede no parecer muy alta, pero el problema es que, en general, ése es precisamente el grupo con menos recursos económicos, sociales y culturales propios, al que la jornada continua pone en la calle o ante el televisor.” (p.85) 

“Las diferencias son muy importantes entre los alumnos. En general, los alumnos de condición socioeconómica familiar más acomodada asisten a más actividades extraescolares y lo hacen en mayor proporción fuera del centro; los de las escuelas concertadas asisten a más actividades que los de las públicas y lo hacen en mayor proporción en su propio centro; los de las ciudades pequeñas asisten a más actividades que los de las grandes ciudades o los núcleos de población muy reducidos; y, lo que resulta más chocante, los de jornada partida realizan más actividades que los de jornada continua (debe tener en cuenta, no obstante, que estos efectos se superponen, pues tienden a coincidir —sólo tienden— clase social económicamente acomodada, enseñanza concertada y jornada partida, por un lado, y clase social en desventaja, enseñanza pública y jornada continua, por otro). La variable más importante por sí misma es, en todo caso, la condición socioeconómica.” (p.86)

“En suma, la clase media ha encontrado en la jornada continua una forma mejor de combinar el mínimo común que provee la escuela pública con el plus que se ofrece en el mercado —lo que otros adquieren junto en la escuela concertada—, mientras que el resto se conforma con una oferta residual o pasa a engrosar el grupo de los paseantes y las audiencias televisivas. Al calor de esto ha surgido recientemente y crecido muy rápidamente un floreciente sector de academias, conservatorios, polideportivos, etc. En este sentido, puede considerarse la jornada continua como una razonable y racional estrategia de la clase media, pues ningún o casi ningún centro (desde luego, no público ni concertado) puede competir en las actividades deportivas con los municipios, que cuentan a menudo con magníficas instalaciones y con un elenco de monitores más amplio, variado y especializado —por no hablar ya de los clubes privado de fitness—; ni con los conservatorios musicales y los estudios y academias artísticos, dotados de un profesorado mejor formado y más especializado con mejores instalaciones y equipos ad hoc; ni con las academias de idiomas, con su profesorado nativo y, a veces, sus acuerdos internacionales para la expedición de certificados y para la organización de cursos veraniegos y sus medios audiovisuales; ni con las academias de informática y sus equipos y programas de última generación y sus monitores siempre puestos al día.” (p.86-87)

“En contraste, un importante sector de la población que valora menos esta oferta, que tal vez no esté en condiciones no ya de acceder a ella, sino tampoco de aprovecharla, se ha visto sometido a una fórmula que sólo puede perjudicarle. Pero éstos levantan menos la voz.” (p.87)

“… Por otra parte, hay que cuestionar también el discurso poco afinado sobre la gratuidad de las actividades extraescolares. Que se repita una y otra vez que tales actividades deben ser gratuitas, iguales para todos, no discriminatorias, etc. es poco más que una manera de tapar uno de los flancos débiles de la propuesta de jornada continua: la desigualdad de recursos y oportunidades de los niños al término de la jornada escolar (también, dicho sea de paso, para no hablar de la desigualdad dentro de ella, pero sobre esto volveremos en el apartado siguiente). Las actividades extraescolares sólo pueden ser  enteramente gratuitas e iguales si dejan de ser libres y, por tanto, extraescolares. Fuera de este círculo vicioso sólo cabe plantear: a) la gratuidad, o la subvención sustancial, de un acceso básico a una gama limitada de actividades, que es lo que de hecho ofrecen, mejor o peor, las que normalmente se realizan en los centros con apoyos institucionales diversos o con trabajo voluntario, o b) una especie de bono educativo extraescolar,   correspondiente al precio actividades básicas, utilizable para acceder a distintas ofertas dentro o fuera de la escuela. Pero es absurdo pensar que no van a dispararse las diferencias entre las familias, pues esto sucedería, y con gran fuerza, incluso si todas y cada una de ellas dispusiesen de los mismos recursos económicos, pues no todas dependen por igual ni dan la misma importancia a la educación, ni tienen la misma calidad de información, ni sus hijos presentan las mismas disposiciones. Y, antes que nada, parece necesario señalar que existe un considerable sector del alumnado al que pueden faltarle o no recursos  económicos, pero lo que sobre todo le falta son recursos culturales y que, por consiguiente, necesita más y no menos escuela, o más tiempo para realizar su trabajo escolar, o más tiempo de aprendizaje básico y no de despliegue de sus aficiones.” (p.96-97)

 

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