¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

 

8. Fatiga y atención de los alumnos

“Llaman la atención tanto el estancamiento o, más exactamente, la falta de despegue de los estudios sobre la atención y la fatiga en la escuela como la pérdida de influencia del movimiento higienista en la educación. Lo primero podría atribuirse a tres factores: la dispersión y falta de consistencia de los resultados, la conciencia de que los ritmos biológicos sólo desempeñan un papel limitado y la falta de una acogida favorable, en particular entre su audiencia natural: los enseñantes. Lo segundo puede merecer una explicación prosaicamente materialista: cuando el calendario escolar era nominalmente interminable y la jornada mucho más larga que hoy, el higienismo era visto por los enseñantes como una aliado natural en su demanda de vacaciones más largas y jornadas más cortas; hoy, cuando lo que se cuestiona es el uso de un tiempo ya muy reducido y las conclusiones cronobio y cronopsicológicas no sostienen las demandas del sector y se oponen a algunos de sus derechos adquiridos (por ejemplo el calendario), desaparece la demanda de investigaciones en este sentido. (p.64-65)

“De hecho, hay que empezar por decir que las escasas conclusiones de la cronobiología y la cronopsicología cuestionan dos de las más arraigadas creencias del sector. Por un lado, que la primera hora de la mañana sea la mejor hora, en la que deberían ubicarse las materias más importantes o más complejas. En contra de esta presunción, casi todos los estudios muestran que la jornada escolar empieza con niveles de atención notoriamente bajos, que van aumentando a lo largo de la mañana hasta el mediodía. Por otro lado, que las tres o las cuatro de la tarde sean una mala hora debido a la comida. Son una mala hora, pero no por la comida sino con independencia de ella, y no necesariamente más mala que la una o las dos (la hora de lo que, en España, se conoce como la siesta del carnero, los bajones de glucosa, etc.). Está por ver cuál de las dos es peor, sin que haya evidencia suficiente a favor de una ni de otra. Aquí se desvanecen dos de los tres grandes argumentos pedagógicos a favor de la concentración horaria. El tercero, el aumento de la temperatura a partir del mediodía, tendría una solución mejor, más eficaz, mucho más igualitaria y probablemente agradecida por igual por todos: la instalación de aire acondicionado en los centros (se puede tener por un poco más que la calefacción) o, al menos, ventiladores.” (p.65)

“Sin embargo, sería un error constreñir el problema de la atención o la fatiga al mero horario escolar, entendido además de modo restrictivo, como el horario de clases más recreos. La capacidad de atención y de aprendizaje y, por otro lado, el bienestar de los niños no dependen exclusivamente de ese horario, sino también, o más bien, de su jornada total. En este sentido, aunque es más que probable que los partidarios de la concentración horaria yerren, interesadamente o no, en su juicio sobre los benéficos o nulos efectos de la misma en este terreno, queda el problema del efecto acumulado de la jornada y de las horas asociadas inevitablemente a ella, concretamente el tiempo de desplazamiento y las condiciones de los periodos de descanso. En el sofisticado planteamiento de una madre complutense (quizá por eso): “Puede que se cansen por la mañana, pero están menos estresados.” (p.65-66) 

“… Dicho todo esto, ¿qué sabemos? Sabemos que, aunque las investigaciones sobre la atención y la fatiga no son muy consistentes entre sí, se han aplicado en entornos muy distintos y con metodologías diferentes y no constituyen en modo alguno una evidencia suficiente, suelen apuntar un ciclo diario en el que el alumno empieza la mañana con un nivel de atención bajo, que sube pronto y aproximadamente hasta el mediodía o poco antes (el mediodía natural, o sea, las 12:00), cae a continuación, se recupera, vuelve a caer hacia las 15:00 (con independencia de la comida) y se recupera de nuevo hacia las 16:00. Este es el mejor resumen que se nos ocurre de una literatura francamente dispersa y anecdótica, a la que remitimos al lector (con la sugerencia de que se arme de papel y lápiz y de paciencia). Cabe destacar de ella lo siguiente: a) que el comienzo de la mañana presenta un nivel de atención bajo; b) que no hay un bajón, sino dos, antes y después de las horas típicas del almuerzo del mediodía, y c) que la tarde presenta los índices más altos de atención y rendimiento, pero una tarde avanzada (en España, que es diferente, no existe la distinción, pero los europeos del norte dirían que el momento álgido empieza al final de l’aprés-midi, the afternoon, die Nachmittag para adentrarse en le soir, the evening, die Abend. Entre nosotros, esto significa que el mejor periodo atencional se dedica más o menos a recoger los bártulos en la escuela de jornada partida y de lleno a las actividades extraescolares: ¡qué ironía! Todavía habría que añadir, a esta compleja y casuística multiplicidad pluridireccional de factores que pueden reforzarse, compensarse o actuar con independencia, que una o dos horas de variación debidas al cambio del horario oficial en verano —al que a veces se sume o se contapone un cambio adicional del horario escolar—, o la homogeneidad horaria nacional (Finiesterre y Creus no están en la misma latitud), pueden ser más que suficientes para descolocar las excepencias o los males cronobiopsíquicos de cualquier planificación escolar.” (p.69-70)

“Esto se refiere a los ritmos circadianos con independencia de las actividades, pero ¿y la dosificación? Aquí no se encontrará ni un solo cronobiólogo, ni cronopsicólogo, ni higienista, ni médico escolar que, sobre la base de una investigación, o teniendo en cuenta el estado del arte, proponga o apruebe la concentración horaria. Como sugiere Estaún (1993), hay que cuidarse sobremanera “de la toxicidad de ciertos horarios intensivos (como puede ser el de 8h. a 14h.) para el trabajo intelectual.” Conscientes del problema de la intensificación del trabajo del alumno (sobre todo ahora que está de moda, en mi opinión sin mucho fundamento, hablar de la intensificación del trabajo docente), numerosos defensores de la concentración horaria insisten en la intercalación de pequeños descansos. Pero, si se quiere encontrar un precedente de esto, no será en la literatura pedagógica, ni siquiera en la moderna teoría de la organización y de la empresa, sino en la ya obsoleta literatura del taylorismo, y más concretamente en el delirante episodio del ingeniero Taylor (contado por él mismo) persiguiendo al cargador Schmidt, cronómetro en mano, para decirle cuándo debía trabajar y cuándo descansar.” (p.70)

“Ahora bien, como ya se indicó al principio de este apartado, hay más cosas que considerar que el horario de clase. La pausa del mediodía parece adecuada para el alumno que vive cerca y puede desplazarse por si mismo, hasta su casa, en unos minutos, pero puede ser escasa para el que vive lejos (no consideraremos todavía los desplazamientos de sus familiares). También, si no escasa, problemática para el que, aun teniendo tiempo suficiente, come tarde para hacerlo con los padres que trabajan lejos o los hermanos mayores y ha de volver, en todo caso, apresuradamente el colegio. Por otra parte, es demasiado larga para el alumno que quiere o cuya familia piensa que debe acudir a actividades extraescolares, dentro o fuera de la escuela, y ha de pasar ese largo tiempo muerto del mediodía en el centro. Y las comodidades no son muchas a esas horas, con el centro básicamente cerrado, vigilado por cuidadoras cuyo principal interés suele estar en tener a los niños concentrados para poder echar un cigarrito juntas, o tal vez con una oferta francamente poco atractiva de actividades extraescolares (no abundan los monitores profesionales y expertos dispuestos a acudir a trabajar a los colegios a esas horas y por esos precios). Asimismo, desde la perspectiva puramente escolar, los alumnos y sus familias pueden ver como una pérdida de tiempo y como la causa de un innecesario agobio posterior ese intervalo perdido para el estudio y los deberes escolares (sobre todo, una vez más, si han de compatibilizarlo con actividades extraescolares).”  (p70-71) 

“En otras palabras, el mayor tiempo disponible por la tarde bien podría compensar el mayor cansancio y hasta menor rendimiento por las mañanas. Sin embargo, ésta no es una ecuación a la que pueda suponerse un saldo positivo en general. Si el rendimiento en la escuela fuera efectivamente igual y se ganara libertad por la tarde, todo estaría resuelto, pero, como es bien sabido —o debiera serlo—, hay tres posibles problemas: que las mañanas sean menos efectivas, que las tardes no aporten beneficios sino problemas y que la menor efectividad de la mañana no resulte compensada por un mejor aprovechamiento de la tarde, aun supuesto éste.” (p71)

“En España no ha habido apenas estudios sobre la atención o la fatiga, pero alguno ha habido y conviene mencionarlo. Caride (1993a,b) encontró que la fatiga percibida por los escolares aumentaba notablemente en la jornada de sesión única, en comparación con la partida. Asimismo, concluyó que la atención aumentaba a lo largo del día en ambos casos, pero era siempre más alta en los grupos de jornada partida.” (p.71) 

 

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