¿Qué dice el informe “La Hora de la Escuela”?

 

6. Las encuestas de opinión

 “… Algunos centros, en diversas regiones y momentos del proceso, han administrado encuestas de opinión de diversa calidad a los padres, alumnos y profesores. En general, donde quiera que se había implantado la jornada continua la opinión de los tres sectores era mayoritaria o muy mayoritariamente favorable, e incluso había mejorado respecto de la situación previa a la implantación. Poner en duda el acierto de estas opiniones generalizadas puede parecer una presunción imperdonable por parte de cualquiera, o un vicio sociológico, pero es precisamente el núcleo de la necesidad de las ciencias sociales: las cosas no son siempre lo que parecen —en realidad, casi nunca lo son…” (p.35)

“En realidad, todas las evaluaciones externas que se han hecho de la implantación de la jornada, menos una, se han centrado en registrar y computar las opiniones de los implicados sobre sus efectos, sin estudiar nunca los efectos mismos. En ese sentido, sus resultados, con independencia de que respondan o no a la realidad de fondo, son puramente tautológicos. Por otra parte, no responden fielmente a la realidad: en el mejor de los casos porque alteran la realidad cuantitativa de los fenómenos, como por ejemplo cuando los profesores perciben entre los padres más entusiasmo por la jornada continua del que verdaderamente tiene estos según sus propias manifestaciones autónomas; en el peor, porque la invierten cualitativamente, como cuando creen ver disminuir la fatiga donde aumenta o crecer el rendimiento donde decrece.” (p.36)

“En los principales escenarios de implantación de la jornada matinal, Canarias y Andalucía, se planteó desde el primer momento que era experimental y que debería ser evaluada externa e internamente. La evaluación interna, ya se sabe, es la del profesorado y puede presumirse siempre mayoritariamente positiva. Queda la externa, encomendada a la Inspección. En Canarias consistió en una encuesta parca, defectuosamente confeccionada, administrada a los padres en un tono y un contexto intimidatorios que jamás se habrían aceptado en un estudio sociológico. Así rezaba la convocatoria que les fue enviada: “Con el fin de realizar la oportuna valoración de la jornada continua que, con carácter experimental, está funcionando en el Centro, como inspector de zona y siguiendo instrucciones de la Consejería de Educación, cultura y deportes, les convoco a una reunión que tendrá lugar en el centro el día de noviembre, a las ……….. horas. Con el fin de cumplimentar un cuestionario que al efecto se les entregará. Es necesario que vengan provistos del DNI u otro documento que facilite su identificación.” La encuesta se administraba con el director del centro presente. La propia Inspección reconoce su inadecuación y alega no haber tenido nada que ver en su elaboración ni haber podido discutirla, y en su momento ya manifestó que no se sentía capaz de sacar conclusiones respecto de la jornada a partir de eso ni de los datos sobre rendimiento proporcionados por los centros. Aunque se hizo un informe sobre una oleada de evaluaciones de centros, que el autor ha podido manejar, tanto las centrales sindicales como las federaciones de asociaciones de padres manifiestan desconocerlo por no haberlo recibido nunca. En Andalucía sólo recientemente se ha recogido sistemáticamente información, también por la Inspección, sobre la realización de actividades extraescolares por las tardes, pero, de momento, es inaccesible…” (p.106-107)

“Las encuestas no nos dicen cómo son las cosas, sino cómo opinan los encuestados que son —en el peor de los casos, cómo creen que debería opinar o cómo creen que deben de aparentar que opinan; pero, en un tema como éste, para ese viaje no hacían falta alforjas. Si se hubiera encuestado a la gente, en la época de Galileo, con una sencilla pregunta: si el sol gira alrededor de la tierra o al contrario, ya sabemos cuál habría sido la respuesta aplastantemente mayoritaria. Lo que necesitamos no es saber si padres o profesores creen que los niños se fatigan menos o rinden más, sino medir directamente lo que se fatigan y lo que rinden, para saber de una vez por todas si hay o no hay diferencias relevantes. Los últimos estudios encargados directamente por la Junta de Andalucía, los dirigidos por Sola y Ridao, son también encuestas, aunque sus autores ya se muestran abiertamente desconfiados respecto de las repuestas recibidas en ellas. El primero de ellos, por ejemplo, escribe: “… tanto frente a un cuestionario como ante una situación de entrevista el informante puede sentirse inclinado a contestar en función de lo que cree que el investigador espera oír, o aquella opción que considera verdadera, defendible o legítima, aunque no la comparta personalmente.” Quien se sienta extrañado por lo que aquí se dice sólo debe pensar en las encuestas sobre racismo (en las que nadie es racista), sobre reparto de las tareas domésticas (en las que todos los hombres aumentan su participación), sobre clase social subjetiva (todo el mundo es de la clase media, que se extiende de extremo a extremo), o en la Encuesta de Población Activa (que sistemáticamente sobreestima el desempleo)…” (p.108-109)

 

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